Las supersticiones relativas a estos dientes son variadas, desde creer que son niños favorecidos por Dios a creer que son una premonición diabólica.

NACER CON DIENTES

Puede que conozcas el caso de alguien que haya llegado al mundo con uno o varios dientes. Puede que incluso tú mismo fueras un recién nacido que ya mostraba en su boca alguna pieza dental. No pienses en absoluto que se trata de algo fuera de lo común.

Se sabe que uno de cada 30.000 nacimientos tiene esta particularidad. Ahora bien, a lo largo de la historia esta singular característica no ha sido precisamente bien aceptada por muchos países.

Las supersticiones y el folklore concernientes a estos dientes han variado, desde creer que estos niños estaban favorecidos excepcionalmente por Dios a creer que eran unos magos, y en algunos países del este de Europa se tomaban como una premonición diabólica.

A día de hoy la medicina ya ha corregido esas visiones fatalistas o mitológicas, pero en China, por ejemplo, es algo que no se ve muy bien por muchas personas. En el pasado, cuando un bebé nacía con su reluciente dentición, se pensaba que iba a traer desgracias a la familia. Lo mismo ocurría en Polonia. Por su parte, en la India y en África, se mantenía la idea de que esos bebés eran criaturas demoníacas, signo directo de que la madre había sido poseída por algún tipo de demonio maléfico. Por su parte, en el folklore típico de Malasia, se tiene la opinión de que estos niños traen la buena suerte.

No nos sorprende tampoco que el propio William Shakespeare hablara de esta particularidad en sus obras. Lo podemos ver en “Henry VI” y en “Richard III”. En ambas obras se describe a estos personajes a través de esta expresión: “dientes tuvieras tú en tu cabeza, porque cuando él nació los tenía en su boca, signo de que iba a morder el mundo”. La razón de esta expresión se debe a que en Inglaterra se pensaba que nacer con dientes era rasgo de “querer conquistar el mundo”.

Se dice que Luis XIV, Ricardo III, Napoleón, el Cardenal Mazarino, Mirabeau, Zoroastro, Aníbal y el Cardenal Richelieu nacieron con dientes.